Esta semana mi mamá muere. Se va a sentir mal hoy y mañana y el día que sigue hasta el 8 que sea llevada al hospital y tenga que dormir en una silla de metal esperando a que un tercero decida que merece estar en una cama, donde la cuidaré todo el día del 10. Morirá el 11, en la madrugada, cuando yo ya me haya ido. Va a sonar un teléfono que nadie responderá. Y ese día más tarde yo llegaré buscándola
y no dejaré de buscarla jamás: por las mañanas, en su cuarto o en el mío, en el patio o en la cocina; en los abrazos de la gente ajena a mi dolor, y en las palabras de los que ya se han acostumbrado a ello; en el rincón del pasillo de mi nuevo hogar, y en el pavimento que quema mis pies; en las canciones que escuchaba; en el cariño de sus amigas y en las silenciosas lagrimas de mi abuela; en la intranquilidad de sus hermanos o en el enojo de su padre también. Porque tiene que estar en algún lugar y yo simplemente no he buscado bien.
Tiene que saber que la amo y la extraño siempre.
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