La pérdida más grande que tengo –que eres tú– me ha hecho darme cuenta de que prefiero las miradas condescendientes a que no me miren en lo absoluto. Sobre todo cuando en tu aniversario de muerta fueron contados los pares de ojos que dirigieron sus vistas hacia mi dirección. ¿Me creerías ruin por dejarme quebrar ante tanto silencio mientras lo único ocupando mi cuerpo era el ruido de tu muerte? Si te lo cuento yo, no. Pero otras cuantas millones de personas vivieron ese día justo como yo y les podrías preguntar a todas ellas y quizá recibirías la misma respuesta de un anciano en Viena que la de una mujer a treinta minutos de donde me encuentro ahora. Y quizá el anciano sería menos cruel. Él jamás habló contigo, no conoce tu nombre y mucho menos tu hospitalidad; nunca le mostraste compasión y aún así creo que hubiera sido más gentil respecto al vacío en mi pecho. Puede que él si me hubiera mirado a los ojos en lugar de mirarse a sí mismo. ¿Fue mucho de mi parte pedirle a la mujer unas vendas para sanar los cortes que me causó? Si le preguntas a ella, diría que sí. A veces quisiera sentir como ella, y concluir que tu muerte no representa nada significativo.
Pero no es así como me enseñaste a amar. Te seguiré sintiendo por todo lo que me resta de vida. Perdóname, por manchar tu memoria con esta pesadez. No lo quiero conmigo, pero se cuelga de mi con cada paso que doy. ¿Cómo lo hacías tú? No te lo puedo preguntar ahora.