Hoy, 11 de marzo, ha pasado un año y cinco meses de haber perdido a mi mamá. Cuando recibí la noticia estaba sola. Yo había llegado al hospital con la idea de cuidarla justo como el día anterior, pero me encuentro con que no se le avisó a nadie que ella ya había fallecido durante la medianoche. Esa mañana, entonces, me vi acompañada por el buzón de voz y la insensibilidad de los médicos.

No sé si hubiera sido mejor haber recibido tal llamada. Quizá me hubiera enterado minutos después de lo sucedido, o quizá cuando me hubiera levantado ese día mi familia ya estaría en la sala esperando a que me despertara para contarme. Estoy agradecida con su error, porque por unas horas más pude seguir siendo una mujer que tenía a su mamá consigo. Y como no hay nada que pude haber hecho para cambiarlo, encontré conformidad en tenerle compasión a la Daniela que aún no había quedado huérfana de madre. Muchas veces antes me he tomado momentos para pensar en la Daniela de hace años. Si hoy digo que no soy la misma que hace un año y cinco meses, suena muy razonable. Pero pararme el doce de octubre y decir que yo ya no era la del día anterior sonaba y se sentía falsísimo. Pero nunca había pensado algo con tanta certeza y hasta el día de hoy nunca jamás he vuelto a decir algo tan sincero. Eso y que mi mamá será siempre el amor de mi vida. Lo fue antes, pero yo estaba muy ocupada pensando en chicos y en grandes y viendo si se asemejaban un poquito tan siquiera al Sr. Darcy, mi modelo de hombre perfecto por allá de mis catorce años.

Todas las preocupaciones de aquel día y todas las que vinieron antes se convirtieron en ridiculeces al cabo de momentos. Quisiera recuperar la ingenuidad que perdí esa mañana. Aunque sigo siendo muy crédula, y cuesta querer mantener la inocencia que mi mamá tanto elogiaba. A ella le daba mucho miedo que una vez que yo me convirtiera en adulta y observara las crueldades de la vida se perdiera esa ilusión que solemos llevar con nosotros hasta la adolescencia, mas o menos. Espero que alguna parte de ella se mantuviera tranquila ante esta inquietud, sabiendo que no soy más que la realización de su amor. Cómo iba a perder yo la calidez de quien siempre sueña y siempre quiere hacer el bien cuando tuve sus manos de guía en cada momento de incertidumbre. Si algo bueno de mí pensó alguien alguna vez, le corresponde a mi mamá. Nunca le echen la culpa por mis cosas malas y mis errores, esos son sólo míos.