A mi mamá le encantaba mi cumpleaños. Nadie de mi familia se ha festejado de la manera en la que siempre me festejaron a mí. Para los regalos, mi mamá nunca podía esperarse al mero día para entregármelo, siempre le ganaron las ansias de verme emocionada descubriendo lo que me había comprado. Así que yo terminaba con dos regalos, uno que se me entregaba días antes y otro el once de abril, para no quedarme con las manos vacías cuando sí correspondía la fecha. Entre la lista de obsequios, me compró un ukulele, una sombrilla amarilla como referencia a How I Met Your Mother, una camiseta de Friends, una cámara instantánea y un cuadro donde se muestra cómo estaban las estrellas el día que nací. Hubo muchísimos más. Y me pregunto qué me habría regalado el año pasado. Me pregunto qué me habría regalado éste año.
Y hace un año dolía, pero ahorita duele más. Porque, no siendo suficiente su ausencia el año pasado, ahora resulta que este año será igual. Y el siguiente, y el que sigue. Y una parte de mí piensa que va a acabar y a alguien eso le ha de sacar una carcajada. Intento no detenerme mucho a pensar si la volveré a ver, porque eso es lo único que me traería un poquito de tranquilidad y, de lo contrario, hacer paces con el hecho de que no será así me pondría en un modo muy pesimista y pensaría en que qué chiste traería pasar la vida entera sufriendo. No la quiero pasar así. Así que por mientras pienso que estoy condenada a cargar con este dolor inmenso hasta que simplemente ya no. Y para eso ella regresa. Ó, aquí viene la otra opción, un día me voy a despertar y será mi cumpleaños y supongo que pensaré en que quiero que ella esté ahí, pero ya no voy a llorar, ya no me voy a hacer daño, ya no voy a sentir que me falta algo y podré ser feliz.
Este año, para continuar con la tradición de regalarme cosas de sitcoms, quizá me hubiera regalado algo de Seinfeld, porque ya voy en la quinta temporada.